Mostrando entradas con la etiqueta Otros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Otros. Mostrar todas las entradas

lunes, 31 de julio de 2017

LA OBRA CUMBRE DE LA GENERACIÓN DORADA: ATENAS 2004


El bahiense Alejandro Montecchia, uno de los bases del histórico equipo de Rubén Magnano, recordó la obtención de la medalla dorada en Atenas, el 28 de agosto de 2004. Aquella noche de gloria, Argentina venció a Italia 84 a 69 y se subió a lo más alto del podio.

“Es una fecha importantísima para todos los que estuvimos ese día, en ese lugar, ante semejante acontecimiento histórico para el deporte argentino. Se me viene a la cabeza lo que viví y las emociones, que fueron muy fuertes”, dijo el “Puma” en diálogo con El Deportivo 24.

Montecchia revivió los momentos salientes de aquella epopeya deportiva: “El primer partido lo definimos con un doble tremendo de ‘Manu’ sobre la chicharra. Le ganamos otra vez a Estados Unidos y también vencimos a Grecia, el local. Creo que fueron distintos acontecimientos de una tremenda relevancia. El broche de oro fue la final y haber ganado la medalla dorada”.

“Esas dos semanas fueron inolvidables. Fue el primer juego olímpico para muchos, una verdadera fiesta deportiva. Estar ahí adentro te marca de por vida”, reconoció el ex base bahiense.

Además, destacó un hecho en el partido final que no pudo ser percibido por las cámaras entres los representantes de Bahía Blanca, Ginóbili, Sánchez y él: “Hubo un abrazo que no se vio en las imágenes, cuando todavía no había terminado el juego y el ‘Chapu’ (por Andrés Nocioni) tenía dos tiros libres, en el que nos encontramos ‘Manu’, ‘Pepe’ y yo en la mitad de la cancha y nos dijimos un montón de cosas que realmente emocionaban. Ya sabíamos que éramos campeones”.

“Salir campeón olímpico no se compara con nada, es como tocar el cielo con las manos", aseguró conmovido. "Es lo que sentí personalmente. Fue un antes y un después, porque empecé a disfrutar más del básquet y de mi familia. Encaré todo mucho más relajado, ya el esfuerzo lo había hecho, quedaba disfrutar”, agregó el ex base del seleccionado.

Estos muchachos son gigantes de verdad. Incansablemente, torneo a torneo, cruzaron cualquier barrera posible e hicieron que el básquet, como pocas veces en la historia, sea un deporte no tan lógico. Un grupo repleto de virtudes deportivas, que serán el ejemplo a seguir de las generaciones posteriores.

Para finalizar, el “Puma” dijo que “después de mirar los juegos de Londres, uno toma real dimensión de lo que se logró, de lo difícil que es repetir un oro olímpico para nuestro deporte. Es un orgullo haber sido parte de semejante hito para el básquet”.

En Atenas, la Generación Dorada del básquet argentino dio el primer gran paso hacia la inmortalidad. Después de ese hecho, el equipo se ganó el mejor de los premios: el reconocimiento eterno. Ninguna derrota posterior empañó la inmensidad de lo conseguido.

-

viernes, 29 de junio de 2012

INVENTE DELPO, INVENTE: US OPEN 2009

Mi obligación es sincerarme. La frase del título la suelo utilizar para referirme a Riquelme, mi debilidad futbolística. Pero el 14 de septiembre de 2009, los halagos los saqué del frasco de Román para situarlos por un momento en el del tandilense Juan Martín Del Potro. Riquelme no tuvo problemas en prestárselos por un rato. Ése día, la Torre conquistó su primer Grand Slam batiendo al suizo Roger Federer, para más de un conocedor de la disciplina, el mejor tenista de todos los tiempos.

El partido fue fantástico, de los históricos, que al fin y al cabo son los que ingresan y permanecen para siempre en la retina de los grandes acontecimientos del deporte mundial. 3-6, 7-6, 4-6, 7-6 y 6-2 fue la victoria de Delpo, que de esa manera se convirtió en el primer latinoamericano en subirse a lo más alto del podio en Flushing Meadows, después de Guillermo Vilas.

Siempre nos costó el cemento, una superficie, por tradición y recursos, esquiva para los argentinos. No obstante, Del Potro hizo fácil lo difícil. Cuando el US Open se presentaba como una utopía para nuestra Legión, con el tandilense volvimos a creer. A Nadal lo pasó por arriba en semis con un apabullante triple 6-2, colchón de confianza suficiente para soñar a lo grande e ir por la hazaña ante el gran suizo. Estuvo cerca (muy cerca) de batirlo ése mismo año en las semifinales de Roland Garros, aunque se le escapó por poco. Claro está, los grandes llevan consigo un plus, una sustancia de un científico aún no reconocido, que los hace reponerse cuando no están en su día o bien, cuando el trámite se presenta más complicado de lo normal. En aquella vuelta en París a Roger le alcanzó. En Nueva York, algunos meses después, no.

El primer set fue íntegramente para Federer, que dominó a su gusto los tiempos y no le permitió al argentino sacar a relucir el sólido andar que lo llevó al partido decisivo. El segundo parcial pintaba igual. Pero no. Del Potro caía 1-3, y se recuperó de forma asombrosa, como sí le sobrara experiencia a montones. La remó desde abajo y consiguió su recompensa, a base de esfuerzo y tremendos palazos (lo ganó 7-6).

El tercero fue 6-3 en favor del gran Roger. Salí de la radio rápido para llegar a casa y ver el cuarto set. Fui caminando, casi al trote, al mismo tiempo que me informaba por Radio Mitre en el programa de Nelson Castro como transcurría el partido. Cuando Federer se puso 6-5 arriba recuerdo que dijeron "al argentino le queda poca vida". Un insulto al aire obligado. Era sabido que el rival que Del Potro tenía enfrente es demasiado bueno, pero uno tiende a confíar en lo nuestro. Siempre. Y más al ser argentino. Porque el argentino suele sacar fuerzas en las difíciles. Y Delpo lo hizo. Levantó el cuarto, lo ganó 7-6, y luego dio cátedra en el quinto y último set: ¡6-2, palazo y a la bolsa!.

Federer, anonadado, incrédulo como pocas veces en su intachable trayectoria, no pudo aferrarse al sexto título consecutivo en los Estados Unidos. Una Torre pintada de albiceleste y proveniente de Tandil, copó la parada. El amor propio que hizo que el genial Roger Federer no fuera por enésima vez el mejor. Porque se topó con una Torre, que ésa noche, en ese instante único e irrepetible, fue imposible de derrumbar.






miércoles, 11 de enero de 2012

QUE NUNCA TE CORTEN LAS PIERNAS, MESSI


Es un barrilete cósmico. Y no importa el rival, el escenario, ni la instancia. Nunca importará. El pequeño gigante, el de la magistral definición, siempre tendrá un as bajo la manga para salirse del molde. Porque es de otra galaxia. Porque es de esos que salen cada un millón de años. Porque con su fútbol hizo más lindo al fútbol.

De derecha a izquierda, la clásica maniobra del principal acróbata del circo culé, el más vistoso del mundo. Casi siempre hace la misma jugada. Aún así, miles de víctimas seguirán sin entender cómo fue que el mago Lionel hizo ése truco.

El santo de la zurda endiablada. El capitán silencioso, de bajo perfil, que sólo habla en la cancha… y calla a los charlatanes. Los deja mudos. Así son los grandes de verdad.

Héroe en Camp Nou, villano en el Bernabeú, en el Calderón, en Wembley o en dónde sea. No pudo el Real Madrid, tampoco el Manchester United en la Champions, ni el Santos en Japón. Nadie podrá.

El niño eterno que jamás perderá de vista la pelota, su única obsesión. Le pegan, se levanta y sigue. En el potrero o en el Camp Nou. Con una pelota de trapo o con varios Balones de Oro. Es lo mismo. Él sólo juega a la pelota, juega al fulbito. Juega, juega y nunca deja de jugar.


Si canta o no canta el himno, da lo mismo -el himno se siente-. Y si no juega con el tobillo inflado como una manzana, también. Sólo pido que nunca te corten las piernas, Lionel.

Disfruto que seas uno de los nuestros, que juegues en el equipo de todos. Gracias por tu magia, Messi. Gracias por tu fútbol.



lunes, 19 de septiembre de 2011

CORONADOS DE GLORIA

Emanuel Ginóbili, baluarte de la Selección Argentina de básquetbol, y sus sensaciones después de sumar una nueva estrella a las vitrinas del deporte nacional. La unión de un equipo irrepetible, que tiñó de naranja a todo un país. Porque durante el Preolímpico, de La Quiaca hasta Ushuaia, se respiró básquet.

“La Generación Dorada” sigue dando que hablar. Una camada de deportistas fantástica, merecedora de todos los reconocimientos posibles. El básquetbol argentino, como quedó demostrado en el Preolímpico, sigue siendo de “elite”, paradójicamente manteniendo el instinto “amateur”. Ese que pone al triunfo y al trabajo en conjunto, por encima de todo, sin ningún privilegio individual. Porque, como dijo Dolina alguna vez, “siempre es más lindo jugar con amigos”.

La selección de básquet de nuestro país se ganó el respeto del mundo, incasablemente cruzó cualquier frontera posible, a tal punto que se propuso incluir en el legendario “Salón de la Fama” de la NBA a este equipo maravilloso, repleto de virtudes deportivas, que serán ejemplo de los más chicos en un futuro cercano.

Emanuel Ginóbili, Pepe Sánchez y Hernán Jasen, fueron los representantes de nuestra ciudad, cuna de grandes próceres de esta disciplina a lo largo de la historia, a los que además se les suman otros bahienses, que han formado parte de los planteles en esta década memorable, como Alejandro Montecchia en el rol de jugador, Sergio Hernández como entrenador, y Néstor “Che” García, en su reciente faceta de ayudante de Julio Lamas, por citar solo algunos casos.

“Volver a casa después de conseguir un logro tan importante, es muy gratificante, asíque más feliz no puedo ser”, nos comentó Ginóbili, caminando por las calles de Bahía, tras regresar de Mar del Plata con un nuevo título. “El sentimiento es el mismo de siempre aunque no hubiésemos ganado. Ya lo que se logró en tanto tiempo es muchísimo. La diferencia es que nos consolidamos en casa, nuestra gente nos pudo ver y se pudo emocionar; y que la gente este tan contenta, nos contagió. Fue muy lindo jugar este torneo, el Polideportivo estuvo espectacular y realmente la pasamos muy bien”, agregó.

Por eso, este triunfo en el “Torneo de las Américas”, se siente propio. Al igual que el subcampeonato en el mundial de Indianápolis, la medalla dorada en Atenas, la de bronce en Beijing, y demás laureles. Siempre que la Generación Dorada ganó un título, también hubo un bahiense para subir al podio y hacernos sentir partícipes, acrecentando el amor de la ciudad por un deporte que se lleva en la piel.

En la final en Mar del Plata, Argentina venció a Brasil 78 a 75, tomándose revancha del equipo de Rubén Magnano (técnico argentino campeón en Atenas), que fue el único verdugo a lo largo del campeonato, con una actuación descollante de Luis Scola, el capitán y jugador más destacado del certamen. La imagen con el triunfo ya consumado, fue la misma. Porque este equipo, en su esencia, nunca cambió (ni cambiará). Una montaña humana festejando otra gran alegría, y principalmente, dedicándole el título a dos compañeros que no pudieron estar: Leo Guitiérrez, marginado del torneo por un problema cardíaco, y Andrés Nocioni, lesionado.

“Esto es amateur, acá nadie viene por plata”, asegura orgulloso Manu Ginóbili. “El ‘Chapu’ (Nocioni), por ejemplo, dejó un montón de cosas por venir a jugar este campeonato, y encima para terminar con el pie casi roto. Es heroico lo que hizo este pibe. Y actitudes como esa, ayudan al resto, te hacen sentir orgulloso y empujan al de al lado para seguir”, finalizó.

En un mundo exitista en el que el deporte no es la excepción a la regla, observar a jugadores que lo tienen todo, seguir disfrutando como el primer día de compartir un vestuario con amigos de toda la vida, conmueve. Por eso el aplauso interminable de la gente. Porque este equipo se lo ganó. Adentro de la cancha, y afuera también. Como en el teatro, cuando un gran actor termina su función, y la admiración no sólo queda representada en la ovación desde las butacas, sino fuera del escenario, en las calles. Cuando un chico o adulto se cruza de repente con Ginóbili, Scola, Oberto o quien sea, y le dice con total sinceridad y admiración: “gracias por tantas alegrías, maestro”.



viernes, 26 de agosto de 2011

LA HAZAÑA PUMA EN TIERRAS FRANCESAS


A continuación, y como antesala a uno de los acontecimientos deportivos más importantes del corriente, recordamos la mejor actuación de Los Pumas en su historia: Francia 2007. Momento único e imborrable del rugby argentino.

El último mundial, fue sin dudas, la participación más importante de un seleccionado argentino de rugby desde que se juega la Copa del Mundo. Algo quizás impensado, si nos remontamos una década atrás. Pero esta camada de jugadores, principalmente conformada por Juan Martín Hernández, Agustín Pichot, Ignacio Corleto, los mellizos Felipe y Manuel Contepomi, Gonzalo Longo, Mario Ledesma y los hermanos Ignacio y Juan Fernández Lobbe, entre otros, sin dejar de lado al excelente cuerpo técnico encabezado por Marcelo Loffreda y Daniel Baetti, tenía hambre de gloria. Fiel al instinto animal. Al instinto Puma.

A diferencia de otros mundiales, en 2007 casi todos los integrantes del plantel gozaban del roce internacional que no muchos equipos tenían, además que la mayoría se habían destacado en sus respectivos clubes, ubicados ni más ni menos que en Francia, potencia de la disciplina, e Inglaterra, cuna del rugby.

Por consiguiente, Los Pumas no fueron de paseo a París, sino que marcharon en busca de un gran objetivo: llegar a las semifinales por primera vez en la historia. No obstante, al mismo tiempo, la premisa fue cumplir con otra misión de la misma magnitud. Demostrarle a las máximas autoridades del rugby mundial, que Argentina está capacitada para disputar un torneo anual, y no solo test-matches y mundiales, cada cuatro largos años.

He aquí la principal razón por la que la preparación argentina para Francia 2007 fue la más exigente. Partidos previos enfrentando a seleccionados de altísimo renombre, tal es el caso de Inglaterra, Francia e Irlanda (obteniendo muy buenos resultados), como también la preparación física que se realizó en un campo especializado en los Estados Unidos. Los Pumas fueron por todo, como siempre, con el agregado de, por la disposición previa, un objetivo ambicioso, como nunca antes.

La confianza, desde el vamos, fue plena. Sin embargo, la primera instancia se presentó por demás dificultosa. Argentina formó parte del Grupo “D”, junto a Francia (el local), Irlanda (en ese entonces, el último verdugo -en el mundial 2003- y clásico rival), Georgia y Namibia. Se lo catalogó “Grupo de la Muerte”.

Y el primer escollo, para no ser menos, en la previa era complicadísimo, por no decir imposible. El 7 de septiembre de 2007, Los Pumas jugaron por tercera vez consecutiva el partido inaugural de la Copa del Mundo (en 1999 con Gales y en 2003 frente a Australia). Con Francia en Saint Denis, Los Pumas hicieron un partido inteligente partiendo del planteo, y sustentado en un sacrificio memorable, vencieron a los galos por 17-12, con un try de Ignacio Corleto. Inolvidable. Primer zarpazo mundialista.

Los siguientes dos encuentros fueron claves para la clasificación a la segunda ronda. El objetivo, sin margen de error, fue vencer a Georgia y a Namibia por punto bonus, es decir convirtiendo cuatro o más tries. Sucesivas victorias por 33-3 y 63-3 respectivamente, sufriendo más de la cuenta en el primero (el cuarto try se obtuvo en el instante final), y goleando y gustando en el siguiente, sin recibir tries en contra, comenzando a demostrar en hechos, el favoritismo creciente de un equipo imponente.

Una semana más tarde, el 30 de septiembre, los argentinos enfrentaron a Irlanda, quien en los últimos años se convirtió en el más acérrimo rival de Los Pumas, debido a lo acontecido en los últimos dos mundiales en donde se eliminaron mutuamente (en el '99 ganaron los nuestros, y en 2003 los europeos). Argentina triunfó 30-15, con una actuación descollante de Hernández (3 drops), y con dos tries de notable factura, uno de Lucas Borges, y el restante de Horacio Agulla (por entonces, jugador del Hindú local y revelación del torneo). Así, Argentina lideró su grupo, y evitó en los cruces de cuartos a los siempre temidos All Blacks. Para nada mal.

En el siguiente escalón pasó Escocia, para condecorar la mejor participación en un mundial. Argentina, con try incluido de Gonzalo Longo, le ganó 19-13, y consiguió por primera vez el pasaje a las semifinales. Sí, uno de los seleccionados más amateurs de la competencia, se metió entre los mejores 4.

El nerviosismo y la ansiedad le jugaron una mala pasada al equipo, y ante Sudáfrica, Argentina quedó eliminada de la discusión por el título. Montgomery y Habana fueron demasiado para Los Pumas, que cayeron 37-13 (el único try argentino fue de Manuel Contepomi). Además, Francia recibió otro cachetazo al ser derrotado por una resurgente Inglaterra, quedando de esta forma eliminados de “su” mundial.

Sin embargo, a pesar del golpe, nuestros Pumas guardaron bajo la manga, su mejor función. Por el tercer puesto, Argentina juntó fuerzas para alcanzar algo mucho más importante que un simple partido “por el honor”. Subiendo al podio, definitivamente nuestro país se iba a convertir en potencia.

Y así fue. El 19 de octubre, en el Parque de los Príncipes, Los Pumas bailaron a Francia, y le ganaron otra vez en su casa. 34-10 fue el triunfo y la reconfirmación equipista del seleccionado nacional. Los tries del éxito colosal, los hicieron Felipe Contepomi en dos oportunidades, Omar Hasan, Federico Martín Aramburu e Ignacio Corleto. Acorde despedida para un plantel sobresaliente en virtudes.

La del último compromiso, fue la imagen que dejó instalada Argentina en el mundo del rugby. Buen juego, sacrificio y trabajo en conjunto. En la final, Sudáfrica venció a Inglaterra, y fue por segunda vez campeón. Sin embargo, para grandes conocedores del rugby, la Copa del Mundo del 2007 se tiñó de celeste y blanco. En septiembre y en Nueva Zelanda, será la próxima cita. Argentina integrará el Grupo "B", junto a Inglaterra, Escocia, Georgia y Rumania. Santiago Phelan y sus muchachos, con un plantel en formación y sin su figura "Juani" Hernández por lesión, irán por más gloria. Para seguir mostrando las garras.



lunes, 18 de octubre de 2010

LOS RELATORES

Difusores de goles y emociones hasta las lágrimas. Sí, los relatores son parte de la vida de todo amante de la de gajos. Son los que nos cuentan cada detalle, que nos sumerge en la más creativa imaginación. Pueden ser, en cuestión de segundos, el mejor amigo del fanático oyente, o el traidor que traslada la tristeza de un gol contrario. La radio en mano, mate de por medio, y la voz apasionada del relator que te lleva a un paraíso sin igual. Aquel que nos hace fantasear con goles, atajadas, polémicas y todo lo que de por sí, genera un deporte como el fútbol. Un clásico de las tardes domingueras.

A veces nos fastidian. Te ponen los pelos de punta, exagerando supuestas situaciones de riesgo, cuando en realidad la pelota ni siquiera ingresó al área. Claro, te hacen asustar sin razón. O, en contrapartida, son muy buenos para crear falsas ilusiones. Culminan la jugada con un grito tan extenso y desgarrador que parece gol de nuestro equipo, pero que a la postre termina siendo una jugada insulsa que ni siquiera aparecerá en los resúmenes del noticiero deportivo del día siguiente. Aún así, sin ellos, el fútbol no sería el mismo.

No suelen hacer magia, eso es cierto. Porque si jugás mal, es difícil cambiar la tendencia sólo con palabras. Aunque sí tienen la capacidad de dibujar algo atractivo, en un 0 a 0 penoso. Son creadores por excelencia, que no salvan a tu equipo del descenso, pero sí pueden con inteligencia e ingenio, darle color a una grisácea tarde de domingo.

Si imaginamos un relator de radio en un partido que está llegando al final, y que estuvo repleto de goles y emociones, se nos viene la imagen de un tipo con la camisa desabrochada, despeinado, al borde de quedarse sin voz, con las venas de la garganta a punto de explotar. Eso sí, aferrándose al micrófono, su instrumento indispensable para transmitir las más pasionales sensaciones. El micrófono es para el relator, lo que el oxígeno para un simple mortal. Sin el bendito aparato, la voz muere.

El relator es único, porque su tarea es inimitable. Por momentos da la sensación de ser un gremio aparte. Como si fuese el Riquelme de la transmisión. Después de él, vienen los periodistas. El comentarista, después el chico que hace vestuarios. Ahora, al menos por dos horas, el periodista que relata se disfraza de relator y punto. Es el que cuenta, describe y emociona. Para criticar, que lo haga el resto. Después en la semana, se saca el disfraz y retoma la rutina periodística, esperando con ansias el domingo para volver a interpretar a ese inmejorable personaje, diferente al resto.

Y eso que todo comenzó casi de prepo, como quién no quiere la cosa. El 2 de octubre de 1924 jugaron Argentina y Uruguay. Horacio Martínez Seeber y Atilio Casime informaron a los oyentes acerca de lo acontecido en el encuentro que ganaron los nuestros 2 a 1. La leyenda cuenta que lo hicieron informalmente, como una charla de café entre amigos. Ingenuos, ya que no tenían ni la más remota idea de lo que en aquella bendita tarde acababan de comenzar.


Más tarde, ya con un relato formalizado, apareció en acción Alfredo Aróstegui, para luego darle lugar a
Fioravanti. Después tomó la posta José María Muñoz, para hacernos delirar con el segundo gol de Kempes a Holanda en el ’78, al punto que mi abuelo, de la emoción desenfrenada, rompió una silla. No importó. Éramos campeones del mundo. Siempre que hubo un acontecimiento deportivo que pasó a ser historia pura, en ése preciso instante también hubo un relator para contarlo. Siguió Víctor Hugo, que con sus palabras nos llegó al corazón en 1986. Porque el gol de Maradona a Inglaterra en el que al mismo tiempo, relata, grita, goza, llora y recita, es para nosotros, la Quinta Sinfonía de Beethoven. Algo así.

Quiero llorar/¡Dios Santo viva el fútbol!/Maradona en recorrida memorable, en la jugada de todos los tiempos/Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?/Para dejar en el camino a tanto inglés/Para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina”
.

Sublime. Imaginación desfachatada y hasta lunática. Porque… ¿qué es un barrilete cósmico? Tampoco interesa, si fue el barrilete que voló hacia nuestro corazón, para siempre.


Hace unos días, en Bahía Multimedios, hablé unos minutos con el charrúa más argento. No lo interrogué ni por la ley de medios, ni nada por el estilo. Sólo quería que me hable del relato. Y me dijo, “las calidades de los relatores se relacionan con el nivel cultural, la preparación y el entendimiento de la estética y de la ética: todo confluye, como en casi todas las actividades de la vida. Y cuando eso se hace con cierta magia e imaginación, con algún elemento atrapante para la persona que te escucha, podríamos hablar de un pequeño talento”. ¿Algo más que agregar?


Entonces, Fioravanti, Muñoz y Víctor Hugo, representan para el relato, lo que en sus tiempos fueron Corbatta, Bochini y Maradona dentro de una cancha de fútbol. El relato, definitivamente es un arte. No obstante, al mismo tiempo, el que relata es uno más que integra una transmisión deportiva, ya que sin el resto, no habría transmisión. Ahora, el relator es el enganche del equipo, el cantante de la banda, y hasta el payaso del circo. En definitiva, el artista de los domingos por la tarde.





lunes, 23 de agosto de 2010

MONTECCHIA, EL PUMA MÁS TALENTOSO

Desde niños, si en la escuela primaria se repasaba detalladamente una lista de animales mamíferos, el Puma siempre fue sinónimo de rapidez, astucia y adaptación a situaciones complicadas. Más allá del significado que pueda tener para Montecchia su propio apodo, Alejandro en síntesis, aprovechó al máximo esas cualidades dentro de un rectángulo de parquet. Fue en su apogeo, actor principal de la última generación dorada del básquetbol argentino, aquella que fue subcampeona en Indianapolis 2002 y medalla de oro en Atenas 2004.

Conductor nato desde la base, pensante, de segurísimo traslado y eficaz tiro externo, el mundo del básquet le dio la bienvenida el 1 de enero de 1972. Y el Puma, para no ser menos, ya desde la cuna comenzó a “convivir” con la redonda de color anaranjado. El amor, fue a primera vista. Un auténtico flechazo que no los separaría jamás. Ni siquiera pudo alejarlos el “temido” retiro, que a algunos los aísla completamente de lo que en algún momento, representó la pasión de sus vidas. “Siempre extraño”, nos dijo Alejandro. “A veces, cuando veo los partidos, se me vienen las sensaciones que sentía cuando jugaba. Esto me va a pasar durante un buen rato porque hace poco dejé de jugar (se retiró en 2009), aunque soy conciente de la decisión que tomé. Ahora disfruto de otras cosas, como estar más tiempo con mi familia”.

Aunque los vicios, vicios son. Y si son sanos como en este caso, mucho mejor. Montecchia mismo se encargó de aclarar que el “bichito” del básquet todavía pica en su vida: “igualmente amo este deporte y no me desligo para nada. Me mantengo informado sobre todo lo que pasa. Voy seguido a la cancha a ver a Bahiense, miro los partidos de la NBA por tele y los de la Liga Española por internet”, afirmó quien hace unas semanas, dio el ok para ser parte del proyecto de Pepe Sánchez a cargo de Bahía Blanca Estudiantes, como asistente de José Luis Pisani.

Pero para que exista el final de una etapa, primero tiene que haber un punto de partida. La llamada “escuelita”, en la que se comienzan a forjar los lazos de compañerismo, respeto y amor al deporte, son la bandera de largada hacia el sueño de llegar bien lejos en la profesión. “Mis años de escuelita fueron los mejores”, aseguró el Puma. “Bahiense fue mi segunda casa. Pasaba muchas horas en el club junto a un grupo de amigos increíble. Estoy muy agradecido al club por todo lo que me brindó en esos años, que más tarde me sirvió para desarrollarme en el ámbito social y profesional. Le agradezco por darme un gran grupo de amigos, y por hacer que mi infancia sea feliz”, contestó con gestos de nostalgia Alejandro, que a su vez, no es el único que resalta la suma importancia de los clubes en la niñez, como espacios de contención y aprendizaje. Clubes (más que nada los “de barrio”), que en la actualidad son olvidados y no reciben el apoyo que realmente merecen.

Según él, su mejor año fue en Olimpia de Venado Tuerto. Pero antes, Montecchia ya había dejado su huella en Sport Club de Cañada de Gómez en donde debutó en Liga en la temporada 1989-90. Luego en el ’94 pasó a Olimpia, equipo trascendental en su carrera, ya que es aquí donde el Puma comienza a incorporarle nuevas facetas a su juego. De a poco se fue convirtiendo en un jugador más completo, para tiempo después alcanzar su mejor versión. “A Venado Tuerto llegué en el ’94, y ése mismo año perdemos la final con Independiente de Pico”, todavía se lamenta, como si el tiempo no hubiera sanado la herida. “Nuestro problema fue que éramos un equipo muy individualista. Pero para la temporada siguiente casi no vine a Bahía, en el receso me quedé allá entrenando muchísimo, me fortalecí físicamente, y ahí se dio mi explosión. Salimos campeones de la Liga y también de la Liga Sudamericana. En ésa Liga (la 1995-'96) se produjo un click en mi carrera. Fue lo que me faltaba para sobresalir, para dar un paso hacia adelante en el nivel. Maduré en lo técnico y lo táctico”.

En 1998 recaló en Boca Juniors, y un año más tarde partió hacia el viejo continente para sumarse al Reggio Calabria italiano. Tres años después pasó al Pamesa Valencia, otro equipo en el que se destacó notablemente, en el que mejoró su porcentaje de asistencias y definitivamente se transformó en un base “para el equipo”, más allá de su endiablada mano. Un año más en Italia, y tres temporadas en Regatas Corrientes, condecoraron una trayectoria impecable.

Pero claro, no quedan dudas que “su” momento en el básquet fue con la albiceleste. Ya desde su estreno en la mayor, en el Sudamericano de Maracaibo en el ’97, Montecchia y un par más, empezaron a escribir la historia más gloriosa. Al Puma se le sumaron Oberto, Ginóbili, Pepe Sánchez, y más tarde Nocioni y Scola, entre otros. En 2002 le ganaron por primera vez a un combinado de la NBA, y en 2004, se subieron a lo más alto del podio en Atenas. “Haber salido campeón olímpico con la Selección Argentina es un recuerdo que todos los días pasa por mi mente. No hay día que no piense en lo que fue eso. Además de ser lo más lindo que me pasó en 20 años de carrera, ese fue el mejor equipo que integré”.

Hoy, con el Mundial de Turquía encima, Montecchia se prepara para mirarlo desde afuera, y pese a las bajas, el ex base confía ciegamente en el equipo: “mientras Luis (Scola), ‘Chapu’ (Andrés Nocioni), ‘Fabri’ (Fabricio Oberto) sigan estando, Argentina va a seguir en los primeros planos. Transmiten confianza. No contamos con ‘Manu’ (Ginóbili), pero Argentina está con las mismas chances que con “Manu” en el plantel. En ése sentido, mientras parte de la generación que logró el oro en Atenas esté dentro de la cancha, la Selección va a seguir siendo protagonista”. ¿Y la base?, claro, lesiones, ausencias, retiros. Es todo un tema, aunque Montecchia le resta importancia. “La base está perfectamente cubierta con Pablo Prigioni. Todavía hay que ver el recambio, no hay ningún número fijo después de él, cosa que en tiempos anteriores no pasaba. Antes estaba Pepe (Sánchez) y yo. Por el momento no se ha encontrado un segundo base”.

Y para cerrar, Montecchia abrió una puerta que parecía totalmente cerrada. “No es una etapa terminada la mía como jugador aunque por ahora no quiero asumir ningún tipo de compromiso. No quiero comprometerme y después no poder cumplir al ciento por ciento. Si vuelvo, quiero ser uno más. Ir a entrenar, estar con el equipo como cualquier jugador, transmitir consejos a los más jóvenes. Por ahora no, pero me encantaría jugar en Bahiense otra vez. Es la camiseta que junto a la de la Selección verdaderamente siento, y no pediría nada a cambio”.

La ilusión de volver a verlo dentro de una cancha siempre está. Aunque por el momento, hay que conformarse con tenerlo en el banco de Estudiantes. No es poca cosa, aunque tampoco hay que engañar a nuestros sentimientos. Montecchia todavía está para alguna que otra andanza. El “Puma” más talentoso y desequilibrante, merece despedirse ante su gente. Que así sea.